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Héroes de la ciencia española.

by Jaime De La Cruz

POCOS DISCUTEN hoy el papel decisivo que la ciencia está desempeñando y habrá de desempeñar en el próximo futuro para que las naciones logren salir de la crisis y alcanzar niveles adecuados de progreso y bienestar (…). Sobre España no pesa ninguna maldición histó­rica que nos impida participar, junto con el resto de países industria­lizados, en el vertiginoso cambio tecnológico que se desarrolla ante nuestros ojos”.

Son palabras que podría haber escrito hoy cualquiera de los 126.633 científicos que, según el INE, trabajan en España. O de los entre 15.000 y 20.000 que investigan fuera del país, según estiman diversos cálculos. Y sin embargo las escribió en 1985 José María Maravall, entonces ministro de Educación y Ciencia, en la revista Mundo Científico.

Conocer el fondo del mar

Francisco Sánchez. Investigador del Instituto Español de Oceanografía (IEO) en Santander, nacido en Madrid y criado en Extremadura, Francisco Sánchez (1955) tuvo siempre claro que quería estudiar el mar. Lleva 35 años en la capital cántabra analizando cómo proteger estos ecosistemas. Fue el responsable de identificar y proteger una enorme montaña submarina frente a las costas de Asturias, El Cachucho, que en 2008 se convirtió en la primera área marina protegida de España. Picos de Europa consiguió el estatus de zona protegida casi un siglo antes, en 1914. Además de El Cachucho, se han identificado en España otros 10 parques nacionales del mar que están en el proceso de ser también declarados como tales. La intención de este científico es estudiar los efectos que las actividades pesqueras provocan en estos ecosistemas. Conocer los fondos de los mares y océanos del planeta precisa de una tecnología cara y compleja. “Es más complicado que ir al espacio”. Por eso, su ilusión es que todo sirva para que la sociedad entienda que el mar debe dejar de ser “el gran estómago de la humanidad”.

“Lo que más me llama la atención cuando hablamos de la ciencia en España es que llevamos más de 30 años con el mismo diagnóstico en la mano”. La reflexión es del austriaco Peter Klatt, vicedirector del Centro Nacional de Biotecnología (CNB). Klatt lleva 21 años investigando y gestionando ciencia en España, y ha sido asesor del ministerio del ramo en la etapa de Cristina Garmendia (2008-2011). El resto del extenso artículo de Maravall se dedicaba a desgranar las dificultades que sigue sufriendo la ciencia española hoy (escasez de recursos, problemas de contratación de personal, trabas burocráticas, falta de autonomía de las instituciones) y concluye asegurando que la inversión en ciencia e innovación es “pura cuestión de supervivencia del país”. “Al hablar de esto otra vez me siento como un hámster en una rueda”, reflexiona Klatt.

Treinta años con el mismo diagnóstico, 30 años con las soluciones a la vista, 30 años con el enfermo en estado terminal y 30 años con científicos extraordinarios que tiran de vocación, imaginación y tiempo robado a la vida personal para mantener a España en el sueño de que, algún día, las cosas podrían cambiar.

Para qué la ciencia. Amaya Moro-Martín es astrofísica. Trabaja en el Space Telescope Science Institute (STScI) en Baltimore (EE UU). Es su segunda estancia en el país. Tras una década investigando en el extranjero, decidió volver a España, pero “al comprobar que no tenía ninguna estabilidad laboral”, de nuevo volvió a Estados Unidos y no tiene previsto moverse de allí. Cuando se le pregunta qué diferencia observa entre investigar en Estados Unidos, el primer país del mundo en producción científica, y hacerlo en España, resume: “¡Poder hacerlo!”.

La virtud de la investigación básica

Pilar Martín. El trabajo de esta científica del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) es un ejemplo perfecto del valor de la llamada investigación básica o fundamental. La miocarditis es una enfermedad autoinmune del corazón, que es peligrosa principalmente por un motivo: sus síntomas se confunden con los del infarto de miocardio y, de hecho, un 10% de los enfermos supuestamente infartados que llegan a urgencias sufren en realidad miocarditis. El problema es que el tratamiento del infarto puede empeorar la situación, de ahí la relevancia de realizar un diagnóstico correcto de una forma simple y rápida. Pilar Martín (Madrid, 1973) ha descubierto un biomarcador que con una sola gota de sangre puede detectar la miocarditis en minutos y que ya se está probando con pacientes en hospitales de la Comunidad de Madrid, Asturias y Boston (EE UU). “Los investigadores básicos y los clínicos suelen hablar idiomas distintos”, explica Martín, que se siente “orgullosa” de que su investigación sea un ejemplo de lo contrario. “Necesitamos transformar la ciencia básica en mejoras para la sociedad”, explica, “porque si los ciudadanos entienden ese valor, también comprenderán por qué la ciencia necesita más recursos. La investigación”, reflexiona, “no puede depender del esfuerzo casi heroico de los científicos y el malvivir de los becarios”.

“Es necesario que la idea de que la ciencia es el motor de la economía en el mundo moderno prenda en la sociedad”, dice Carlos Matute, director del Centro Achucarro para la Neurociencia en Bilbao. “Invertir en ciencia es invertir en el futuro económico del país”.

La ciencia no es un capricho de países ricos. Es más bien al revés: los países se hacen ricos porque su sistema productivo prima la innovación. Los 10 del mundo más innovadores son también los que muestran mayores niveles de bienestar, según el Índice de Innovación de Bloomberg. Todos tienen en común que invierten de media entre el 2% y el 3% de su PIB en investigación, desarrollo e innovación (I+D+i). España apenas supera el 1%. “La ciencia y la tecnología han conseguido que Estados Unidos sea el mejor país sobre la Tierra”, dijo en 2016 su entonces presidente, Barack Obama. Ese esfuerzo inversor, del 2,8% del PIB, es responsable directo de más de la mitad del ­desarrollo económico de Estados Unidos desde la II Guerra Mundial.

 

Fuente El PAÍS

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