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El recorrido de 2 000 cucuruchos marcó la procesión del Centro

by editor

En la calle Bolívar, Luis Chuya se acomodaba las cadenas que estaban atadas a sus tobillos. El azogueño de 55 años recuerda que hace cinco, tres clavos entraron en su pie, lo que le produjo una infección. Le notificaron que debían amputárselo. El devoto pidió por su salud a Jesús del Gran Poder, comenta. No perdió el pie y desde entonces recorre una de las procesiones más emblemáticas de la Semana Santa en Quito, como muestra de agradecimiento. Su promesa fue halar con sus pies sanos las 65 libras que pesan las cadenas, durante 10 años, en la procesión. Faltaban 10 minutos para las 11:00 de ayer (19 de abril del 2019). El recorrido de 2 000 personajes anónimos, vestidos de morado, estaba por empezar en la plaza de San Francisco, Centro Histórico. Los cucuruchos se cubrían la cara para dar inicio a la procesión Jesús del Gran Poder. Entre rezos, cantos y muestras de devoción, estos hombres, las tradicionales verónicas, los soldados romanos y los que representaron a Jesús se preparaban para la mayor muestra de su fe católica. Segundo Castro tiene 70 años y, desde hace cuatro, decidió ser un cucurucho de la misma procesión.

Asegura que su principal motivación es la devoción a Jesús, quien le da la gracia de tener vida y salud plena hasta este momento. Aunque antes no vestía ningún traje, el hombre ha participado de la procesión desde sus 18, recuerda. Al recorrido de siete kilómetros, de la procesión número 58, asistieron unas 250 000 personas, entre penitentes y devotos. Estos últimos se colocaron en los bordes de las calles del Centro para ser testigos del paso del Cristo con la cruz a cuestas. La procesión descendió desde San Francisco por la calle Bolívar. Las primeras manifestaciones de arrepentimiento se vieron ahí. Un fiel vestido de Jesús llevaba la primera cruz en su hombro. Uno de los extremos se arrastraba, mientras el otro tomaba equilibrio a medida que el cargador de la cruz ganaba fuerzas. A este personaje lo acompañaban dos romanos.

Peticiones por la familia, la salud y súplicas de perdón se podían leer en los torsos desnudos de hombres penitentes, que caminaron descalzos durante más de cinco horas, bajo un cielo nublado en unos tramos y lluvioso, en otros. Algunos amarraron cruces de cactus en sus espaldas, que desde el inicio de la procesión marcaron las primeras heridas sobre su piel. Otros llevaban ramos de ortiga, con los que se flagelaron durante el recorrido, en señal de penitencia. Las cruces no podían avanzar con la fuerza de un solo penitente. Hasta 15 personas cargaban las más pesadas, hechas con eucalipto, laurel o pino. “Perdón, Señor, por nuestros pecados”, murmuraba un cucurucho, al tiempo que la banda de La Magdalena tocaba los primeros cánticos religiosos de la jornada.

La petición no era personal: los devotos católicos que presenciaban la procesión cerraban los ojos, uniéndose al pedido. A estos personajes les siguieron las imágenes de San Juan, Virgen de los Dolores y Jesús del Gran Poder, tras el toque de dianas y la lectura de la sentencia. Todos recorrieron las calles Venezuela, Manabí, Vargas y Riofrío a la ida. Luego retornaron por la Venezuela, Manabí, García Moreno y Bolívar hacia la plaza de San Francisco, para una misa alrededor de las 17:00. Al paso de Jesús del Gran poder por la Plaza Grande, los asistentes intentaban aproximarse. Turistas miraban el ritual, tomaban fotografías desde balcones, restaurantes, hoteles de la García Moreno. En la conocida calle de las Siete Cruces los fieles católicos se acomodaban en bancos y sobre la vereda para presenciar el retorno de la procesión.

Detrás de cada santo, especialmente de Jesús del Gran Poder, olas de personas intentaban tocar la imagen, mientras se desplazaban por las calles. No era necesario caminar, el movimiento colectivo marcaba la avanzada. El retorno de los penitentes asombraba a los asistentes y fieles. El sudor corría con la lluvia por las espaldas desnudas. Se palparon dos realidades: por un lado la inevitable fatiga del trayecto y, por otro, la satisfacción de estar a punto de culminar una promesa. Lo corroboraba Manuel Carrillo, quien a sus 58 años no ha sufrido herida ni dolor alguno luego de cada procesión de Jesús del Gran Poder. Según él porque “cuando se va con fe no se siente nada”.

Fuente: El Comercio

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