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Contra la persecución y el silencio

by Ecuador En Directo

De: César Poveda

Este país no sólo ha sido atravesado por la línea equinoccial. También lo han atravesado el narcotráfico, la incertidumbre, la zozobra, el hambre, la miseria y la normalización de uno de los fenómenos más peligrosos que puede existir en una supuesta democracia: la persecución política.

Ayer, la Fiscalía General del Estado solicitó la vinculación, dentro del denominado caso Goleada, de Fiorella Icaza Samán y Gioconda Henriques Aycart, esposa y madre, respectivamente, de Aquiles Alvarez Henriques. No bastó con encarcelar durante casi dos meses a sus dos hermanos. Ahora van contra una mujer migrante de la tercera edad, que ni siquiera reside en el país, y contra una madre que hoy representa el último refugio emocional de los tres hijos del Alcalde de Guayaquil.

Todo esto ocurre ante la vista y paciencia de todos. Y muy pocos nos hemos atrevido a decir algo. Muy pocos hemos decidido no mimetizarnos entre los espectadores silenciosos de esta avalancha desatada contra la familia Alvarez desde 2024. Allanamientos, juicios penales aún sin sentencia, escarnio público, caricaturización mediática —mofas de “burros que se creen unicornios”–, acusaciones duplicadas —porque Triple A y Goleada son, en esencia, la misma historia reciclada— y una prisión preventiva que tiene muy poco de preventiva y demasiado de castigo anticipado, de saña y de escarmiento.

Lo más grave es que todo esto se sostiene sobre una contradicción monumental. El supuesto origen del caso sería un presunto tráfico ilegal de combustibles. Sin embargo, fue la propia Agencia de Regulación y Control de Hidrocarburos la que emitió un informe abstentivo a favor de las compañías vinculadas a la familia Alvarez. Dicho en palabras simples: el órgano estatal competente afirmó expresamente que no existía infracción administrativa alguna, mucho menos penal.

Y aun así, dos años después, existe un hombre tras las rejas. Un hombre que, constitucionalmente, sigue siendo inocente porque ni siquiera se ha agotado la primera instancia de ninguno de los procesos en su contra. Está recluido en la cárcel de máxima seguridad del Ecuador; sin privacidad para conversar con sus abogados, sin contacto normal con su núcleo familiar, sin una almohada, despojado incluso de su Biblia. Rapado y exhibido ante el país con un overol naranja, como si la humillación pública hubiese reemplazado al debido proceso. Un hombre que además tuvo que ver cómo apuntaban con láseres a la frente de sus hijos durante un operativo.

No conformes con paralizar durante más de un año las empresas vinculadas a su familia —incluyendo negocios que ni siquiera pertenecían al sector hidrocarburífero— ahora buscan profundizar este drama persiguiendo a dos mujeres cuyo único “delito” parece ser amar al enemigo político de turno. Al hombre que, pese a todo, mantiene el respaldo popular de más del 60% de los guayaquileños.

Y quizás ahí reside el verdadero problema.

Porque Guayaquil no es cualquier ciudad. Es la ciudad de José Joaquín de Olmedo, de la llama libertaria, de las gestas que marcaron la historia republicana. Pero también es la ciudad herida del 15 de noviembre de 1922, cuando las élites respondieron con balas al clamor de obreros que pedían dignidad y derechos. Nuestra historia enseña que cuando el poder pierde límites y el miedo se vuelve costumbre, la democracia empieza a vaciarse por dentro.

Por eso el silencio nunca es neutral.

Hay momentos en los que los pueblos deben reaccionar antes de que sea demasiado tarde. Antes de que la persecución deje de tener nombre propio y se convierta en método. Antes de que la arbitrariedad se normalice al punto de que cualquiera pueda ser el siguiente. La indignación, cuando es colectiva y consciente, puede transformarse en algo más poderoso que el miedo, puede convertirse en fuerza cívica, en organización y en cambio.

Cierro esta crónica con una reflexión de Martin Niemöller que sigue estremeciendo al mundo décadas después:

“Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío. Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre”.

La pregunta sigue intacta.

¿Cuándo vendrán por ti?

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