Home SaludESTA ES LA FORMA MÁS EFECTIVA DE TENER UNA RELACIÓN SALUDABLE CON OTRA PERSONA

ESTA ES LA FORMA MÁS EFECTIVA DE TENER UNA RELACIÓN SALUDABLE CON OTRA PERSONA

by Monica10

De todas las experiencias que el ser humano puede vivir a lo largo de su existencia, sin duda las relaciones personales son una de las más importantes, pero también una que posee siempre dificultades que le son propias. Las relaciones con la familia, encontrar buenos amigos y mantenerlos, las relaciones de pareja, incluso las relaciones que establecemos en el trabajo o en el vecindario donde vivimos: cada una de ellas tiene su razón de ser y sus motivos para ser necesaria en nuestra vida, pero tiene su singularidad y por ende sus propios desafíos y dificultades. 

Las relaciones entre padres e hijos, por ejemplo, aunque en principio están basadas en una forma de amor que se dice incondicional, pasan sin excepción por algún tipo de conflicto. Las parejas igualmente, particularmente cuando el vínculo que los une se dice de amor pero en el fondo se origina en estados emocionales que poco o nada tienen que ver con éste (como el miedo a estar solos, la infatuación sexual, la dependencia, etc.). Acaso la amistad es el único tipo de relación en la que los conflictos se sortean de maneras menos ríspidas, pero de cualquier forma con un amigo también puede ocurrir una desavenencia, una pelea y un distanciamiento.

¿Pero podría ser de otro modo? La respuesta pronta a esta pregunta es no. La verdad es que ninguna relación está exenta de dificultades por la sola razón de que todo vínculo parte de un estado fundamental: el desencuentro. Entre yo y el otro habrá siempre una diferencia, que en algunos casos podremos conocer y aceptar de alguna forma, y en otros será irreconciliable, pero siempre estará ahí.

Curiosamente, aunque esto es así, aunque el desencuentro con el otro es la característica común en todas las relaciones personales, es muy usual que muchas personas nos inclinemos por querer “resolver” o “subsanar” esa diferencia, lo cual, en el fondo, no es sino una forma de pretender ignorarla. Muchas personas se enfrentan al desencuentro esforzándose por desaparecerlo, a veces empujadas por un miedo incomprendido al conflicto o la tensión, a veces porque hay quienes no toleran que su visión de mundo sea desafiada o puesta en entredicho (por temor a perder el control), también puede ser por un desconocimiento general de la naturaleza afectiva del ser humano, o por otras razones de orden subjetivo que no es posible enlistar. 

Como sea, lo importante es hacer notar que muchas veces, en las relaciones personales, se dedica un esfuerzo emocional importante a distorsionar al otro, es decir, a percibirlo de maneras que no es en realidad, a verlo más afín a nuestros propias ideas, gustos, expectativas o suposiciones. Frente a la diferencia y el desencuentro que implica necesariamente una relación personal, dejamos de ver al otro como es y en cambio lo adecuamos a nuestra propia visión de mundo.

En términos muy generales, esa suele ser una de las causas más comunes de malestar y conflicto en las relaciones personales, pues dicha distorsión conduce inevitablemente a malentendidos de todo tipo. Escuchamos lo que alguien nunca dijo, esperamos algo que una persona nunca podrá dar, actuamos a partir de premisas falsas sobre lo que creemos que el otro quiere o necesita, hacemos cosas que creemos que complacerán al otro pero que en realidad le son indiferentes… Todo lo cual resulta previsiblemente en estados como la frustración, el enojo, la decepción y otros.

En El arte de amar, Erich Fromm enumeró estas cuatro cualidades que caracterizan el amor maduro: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. Si bien cada una merecería su propia glosa, por razones de espacio remitimos al lector al libro citado para su explicación detallada. Por el momento basta hablar únicamente del respeto, que como señala Fromm, etimológicamente proviene de un verbo latino, respicere, que en la antigüedad significaba “mirar”. En el caso de una relación con otra persona, respetarla es mirarla tal y como es, sin las distorsiones que hemos señalado, también sin juicios y sin la intención secreta o manifiesta de cambiarla. 

Pero no sólo eso. Dado que el amor, en la perspectiva de Fromm, es una fuerza activa, productiva, ese tipo de mirada que se posa sobre la persona amada conduce al reconocimiento de las posibilidades en las que ésta puede ser y desarrollarse. Dicho de otro modo: cuando se mira al otro con amor y compasión, se termina por amar también tanto sus posibilidades como sus limitaciones, pues se entiende que éste es el terreno donde la existencia del otro está llamada a florecer.

Dicha forma de amar es posible sólo cuando una persona ya no necesita a otra por motivos de dependencia, sino por una necesidad amorosa auténtica. Es decir, no se necesita al otro por temor a la soledad, por sentir una necesidad inconsciente de protección, porque se le desea para cumplir un objetivo o como requisito de una imagen narcisista que se tiene de sí, por ejemplo, sino que más bien se le necesita por el solo hecho de que se le ama, auténticamente, sin otras motivaciones ulteriores. 

De ahí que Fromm señale que «el respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia”, una independencia de tipo subjetivo y emocional que no debe confundirse con una falsa idea de autosuficiencia, sino que más bien está relacionada con el desarrollo del ser y la confianza en sí mismo que se desprende de este proceso. Cuando sé lo que soy puedo confiar en mí mismo, en mis fuerzas activas y productivas, en mi creatividad para encarar la vida, en mi capacidad de esfuerzo y trabajo, etc.. El vínculo con otra persona no es entonces uno de dependencia que se establezca para paliar engañosamente una deficiencia de mi desarrollo subjetivo, sino un vínculo de amor auténtico en donde, como señala Fromm, se pasa de decir “Te amo porque te necesito” a “Te necesito porque te amo”.

Este proceso es, por lo menos, doble y paralelo. Doble porque, como se ve, el cultivo de una relación personal de amor auténtico implica dos formas de trabajo subjetivo: una, sobre uno mismo, para desarrollar la forma de ser “independiente” de la que habla Fromm (que podría compararse con la idea del “yo fuerte” descrito antes por Sigmund Freud), esto es, una persona que no siente necesidad de establecer un vínculo de dependencia porque se conoce a sí misma y tiene confianza en sus capacidades para responder a la vida; y, por otro lado, un trabajo de conocimiento y comprensión en torno a las circunstancias que implican una relación con otra persona, especialmente la aceptación de la diferencia desde la forma de respeto al otro de la que hemos hablado. Ambos trabajos son paralelos porque, contrario a lo que se cree, uno se realiza en función del otro y viceversa: cuando me conozco a mí mismo adquiero las herramientas que me permiten conocer al otro, pero también es en la relación con los otros como puedo descubrir cualidades de mi ser de las que no tenía conciencia. Siguiendo a Fromm (aunque no solamente) puede decirse que, como en cualquier otro arte, la única forma de aprender a amar es amando, es decir, ejerciendo activa, conscientemente, la capacidad de amar.

Y si bien en cuestión de relaciones humanas nada puede garantizarse, sí es posible decir que el esfuerzo y el trabajo emprendidos con decisión y constancia sobre esa vía pueden resultar en frutos de satisfacción, dicha y amor auténtico, los elementos constitutivos que sin duda todos anhelamos para las relaciones presentes en nuestra vida.

FUENTE: PIJAMASURF

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