Un marcado contraste surgió durante el aniversario del 25 de julio en Guayaquil: mientras el alcalde Aquiles Alvarez interactuaba directamente con una gran multitud en las celebraciones festivas, el presidente Daniel Noboa presidía una sesión aparte, a puerta cerrada y alejada del ojo público. La duplicación de eventos generó inquietudes políticas sobre la inclusión y la transparencia de la gobernanza.


En el centro de Guayaquil, miles de personas abarrotaron la Avenida 9 de Octubre y el Malecón para disfrutar de conciertos en vivo, homenajes cívicos y fiestas al aire libre. Por otro lado, Noboa convocó un espacio confidencial donde funcionarios gubernamentales y dignatarios selectos debatieron sobre la reforma institucional y la reestructuración del sector público sin participación ciudadana, sin embargo, en horas de la tarde, participó en la ceremonia por los 84 años de la batalla de Jambelí, asimismo a puertas cerradas, y únicamente rodeado de funcionarios, militares y simpatizantes del partido ADN. La separación de espacios sirvió como metáfora visual de los diferentes estilos de liderazgo.

Alvarez se destacó entre los ciudadanos, moviéndose con frecuencia entre la multitud del festival y reforzando su imagen de alcalde accesible. En contraste, la reunión privada de Noboa enfatizó la toma de decisiones ejecutivas y la definición de la agenda nacional, distanciando a la presidencia de las festividades populares. Ciudadanos y analistas notaron el contraste en el tono del liderazgo, pues se evidenció la participación pública versus el aislamiento administrativo.
El presidente Noboa defendió la confidencialidad de la sesión, argumentando que era necesario llevar a cabo una planificación política sensible sin interrupciones. Aprovechó el momento para afirmar que las decisiones difíciles, como las fusiones ministeriales y los despidos masivos, respondían a antiguas demandas de reforma. En su opinión, la ceremonia pública y la reunión a puerta cerrada cumplieron funciones complementarias, pero distintas, para reafirmar la estabilidad política.

Críticos, especialmente de organizaciones sindicales y redes de la sociedad civil, condenaron la falta de acceso a la sesión de Noboa. Los sindicatos argumentaron que en plena sesión solemne por la Fundación de Guayaquil, se estaban exponiendo decisiones importantes que afectaban a los empleados públicos y las estructuras institucionales sin transparencia, donde rechazaron las condecoraciones que se dieron entre los propios funcionarios del Gobierno.

Si bien la presencia pública del alcalde generó conexión emocional, energía comunitaria y unidad, la sesión a puerta cerrada simbolizó una gobernanza vertical. Esta disonancia desató el debate sobre si el liderazgo nacional estaba adoptando una política participativa o reafirmando la toma de decisiones impulsada por las élites.
