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Perspectivas sobre el Conflicto Armado y el Nuevo Orden Global

by Ecuador En Directo

Hace poco más de cinco meses, resultaba difícil prever que la principal superpotencia global enfrentaría serias dificultades militares contra la República Islámica de Irán. El presupuesto militar de esta superpotencia se estima en 895.000 millones de dólares anuales, sin incluir otros rubros de seguridad como la inteligencia o el sector nuclear.

De hecho, el secretario de Defensa solicitó recientemente al Congreso la aprobación de un presupuesto de un billón y medio de dólares (1,5 millones de millones) para el año fiscal 2027. En contraste, el gasto militar iraní no alcanza los 24.000 millones de dólares, de acuerdo con los datos del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI).

Sin embargo, el desenlace de esta guerra no provocada, que enfrentó a la coalición de Estados Unidos e Israel contra Irán, demuestra que la mayor potencia del planeta no logró doblegar militarmente a un adversario con recursos considerablemente menores.

Por el contrario, ha sufrido una derrota estratégica profunda, más allá de la retórica triunfalista que intenta convencer a una ciudadanía estadounidense cada vez más incrédula. Esta situación probablemente generará profundas repercusiones globales, alterando tanto el equilibrio militar como la estructura política internacional.

Esto plantea una interrogante clave: ¿cómo es posible que semejante despliegue de poder no haya logrado someter a un país con capacidades marítimas y aéreas inferiores? El poderío de la superpotencia se basa en la proyección de fuerza marítima mediante portaaviones nucleares masivos y costosos, cuyas flotas aéreas superan a las de muchas naciones. Además, cuenta con numerosos barcos de escolta y una red global de bases militares en los cinco continentes.

Pese a esta superioridad teórica, la realidad demuestra que dicho arsenal fue ineficaz para doblegar a un actor regional que, en el papel, tenía pocas opciones de resistir.

Parte de la explicación radica en que la guerra convencional y las estrategias de combate han cambiado radicalmente en el último lustro, una transformación que se aceleró tras el estallido del conflicto entre Ucrania y Rusia.

En dicho escenario quedó demostrado que las grandes unidades acorazadas —pilares de la guerra terrestre tradicional y dominantes desde la Segunda Guerra Mundial— tienen muy poca capacidad de resistencia frente al despliegue masivo de drones autónomos aéreos y terrestres, enjambres de sistemas no tripulados y misiles de bajo costo altamente efectivos.

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