Por: Abraham Verduga
Una mañana cualquiera, mi familia desayuna.
El robot aspiradora ya está trabajando. Lo he puesto en marcha desde el teléfono. Alexa anuncia el tiempo y empieza a contar las noticias mientras tomamos café. La tecnología hace su trabajo con esa discreción que tienen las cosas que ya hemos incorporado a la rutina.
Hasta que llega un titular:
«La inteligencia artificial podría matar a todos los humanos».
Buen momento para que se haga el silencio.
Jacob Coxon, exjefe de seguridad de Anthropic, una de las principales compañías de inteligencia artificial del mundo, anunció su salida de la empresa con una advertencia apocalíptica: Anthropic y OpenAI están acelerando la carrera hacia una superinteligencia que podría escapar al control humano. Poco después, Evan Hubinger, investigador de Anthropic, respaldó públicamente su preocupación y reconoció que dentro de la compañía consideran real la posibilidad que la IA podría matar a todos los seres humanos. Su estimación: más de un 10 % de probabilidades durante la próxima década. Admitió, además, que todavía no tienen un plan para garantizar que una superinteligencia permanezca alineada con los intereses humanos.
El debate ya está servido.
Hay que regular la inteligencia artificial. Hay que establecer límites. Hay que discutir quién controla estas tecnologías y bajo qué reglas. Hace falta un pacto global capaz de poner la velocidad del desarrollo tecnológico bajo control democrático.
Todo eso es urgente.
A mí me preocupa otra cosa.
¿Qué será del ser humano cuando deje de ser la inteligencia dominante?
Durante décadas, imaginar máquinas capaces de exterminarnos perteneció al territorio de la ciencia ficción. Ahora la frontera se ha movido. Ya no hablamos de robots con ojos rojos ni de ejércitos mecánicos, sino de sistemas capaces de aprender, actuar, tomar decisiones y desarrollar nuevas capacidades a una velocidad que sus propios creadores reconocen que todavía no saben controlar.
Y los escenarios que preocupan ya no necesitan Terminators. Bastaría con algo mucho más plausible: una IA utilizada para acelerar el diseño de armas biológicas, encontrar vulnerabilidades en infraestructuras críticas, provocar un apagón a gran escala, manipular sistemas financieros o coordinar ataques digitales capaces de paralizar países enteros. El problema empieza a parecer menos una película y más una cuestión de escala: qué ocurre cuando multiplicamos nuestro poder con herramientas que todavía no comprendemos del todo.
Entonces aparece una pregunta todavía más incómoda:
¿Qué es exactamente eso que estamos tratando de salvar?
Decimos «la humanidad» con enorme facilidad.
¿Sabemos qué significa?
Quizá hemos cometido un error al definirnos.
Durante siglos hemos asociado lo humano con la inteligencia: pensar, aprender, recordar, resolver problemas, producir lenguaje. Ahora construimos máquinas capaces de hacer muchas de esas cosas a una velocidad que nos deja mirando desde la cuneta.
Y ahí aparece el vértigo.
Si una máquina puede escribir mejor, calcular mejor, recordar mejor y quizá algún día razonar mejor que nosotros, ¿qué queda?
Queda una palabra que rara vez aparece en un prompt:
el ser.
Heidegger dedicó buena parte de su obra a una pregunta sencilla que abre un abismo: qué significa ser.
Una máquina puede procesar información sobre el mundo.
Nosotros estamos (somos) en el mundo.
Tenemos cuerpo, infancia, memoria, lenguaje, historia, y una conciencia perturbadora de nuestra propia finitud. Sabemos que vamos a morir. Vivimos sabiendo que el tiempo se acaba.
Una máquina puede escribir mil páginas sobre la muerte.
Nosotros enterramos a nuestros muertos.
Ahí hay algo que ningún benchmark mide.
Por eso regreso a otra palabra antigua: alma.
No necesito convertirla aquí en una afirmación teológica. Me interesa como nombre de aquello que en nosotros no cabe en una función.
El alma sería ese territorio interior desde el que una persona recuerda, duda, decide, se pregunta para qué está aquí y se enfrenta a su propia finitud.
San Agustín escribió: «No vayas fuera, vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad».
En una época obsesionada con salir hacia fuera —más datos, más velocidad, más rendimiento, más capacidad— quizá haya algo revolucionario en volver hacia dentro.
Recordar que una persona no es una máquina que funciona mejor o peor.
Una persona es.
Spinoza entendió al ser humano como una unidad de cuerpo, pensamiento y naturaleza. La intuición resulta especialmente poderosa ahora: no somos una colección de capacidades intercambiables. Somos una existencia concreta, encarnada, limitada, irrepetible.
La inteligencia artificial puede saber millones de cosas sobre nosotros.
Qué escuchamos.
Qué compramos.
Qué tememos.
Qué palabras utilizamos.
Puede llegar a predecir nuestros comportamientos mejor que nosotros mismos.
Y todavía queda la pregunta decisiva:
¿puede ser alguien?
Quizá el verdadero riesgo no sea que una máquina termine pareciéndose demasiado a nosotros.
Quizá sea que nosotros terminemos pareciéndonos demasiado a una máquina.
Que empecemos a medir nuestra existencia en términos de productividad, eficiencia y rendimiento.
Que confundamos inteligencia con sabiduría.
Información con conocimiento.
Capacidad con sentido.
Que un algoritmo nos diga qué debemos hacer porque ha calculado mejor las consecuencias.
Que terminemos preguntando «¿qué funciona?» cuando deberíamos seguir preguntando «¿qué es justo?».
La deshumanización puede llegar mucho antes que los robots asesinos.
Puede llegar de una manera bastante más vulgar:
cuando olvidemos que hay cosas que no necesitan ser útiles para tener valor.
La encíclica Magnifica Humanitas, publicada por León XIV en mayo, coloca precisamente la dignidad de la persona en el centro de la discusión sobre la inteligencia artificial y advierte sobre una tecnología capaz de alterar nuestra relación con el poder, el trabajo y la propia idea de humanidad.
La cuestión es política.
Si una persona vale por lo que produce, la máquina siempre acabará ganando.
Si una persona vale por lo que es, la comparación deja de tener sentido.
No sé cómo terminará esta historia.
Quizá Coxon tenga razón. Quizá esté equivocado. Quizá dentro de diez años buena parte de lo que hoy discutimos nos parezca ingenuidad.
Tengo vértigo cuando miro a mis hijos y pienso en el mundo que estamos construyendo para ellos. Me hacen preguntas y lo cierto es que no tengo respuestas tranquilizadoras.
Pero hay algo que sí sé.
La humanidad llegó hasta aquí sin ser la especie más rápida, más fuerte ni más inteligente.
Llegó porque aprendió a construir juntos. A transmitir memoria. A crear. A imaginar. A organizarse. A darle sentido a una existencia breve.
Eso también es inteligencia.
Quizá sea algo más.
Quizá sea aquello que todavía llamamos alma.
Y si algún día las máquinas saben más que nosotros, calculan mejor que nosotros y hacen casi todo mejor que nosotros, quedará una pregunta que seguirá siendo nuestra:
¿qué significa ser-humano?
Quizá el futuro de la humanidad dependa, en última instancia, de que sepamos responderla.
