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La dictadura innombrable

by Ecuador En Directo

Por: Abraham Verduga

Ocurrió hace apenas unas semanas en el programa de entrevistas de Andersson Boscán, un periodista al que conviene escuchar en estos tiempos sombríos, incluso cuando no siempre se comparta lo que dice. Su mirada, afilada por la distancia forzada de un exilio impuesto por amenazas contra su vida, ofrece una perspectiva cada vez más infrecuente en un país donde demasiados medios han renunciado —y a algunos los están ayudando amablemente a renunciar, como parece ocurrir con Diario Expreso o El Universo— al periodismo para convertirse en dóciles altavoces de Carondelet. En ese espacio se produjo una conversación que tuvo menos de entrevista y bastante de confesión en voz alta. El invitado fue Luis Eduardo Vivanco. Ambos, cómodamente instalados en la derecha mediática, hablaron con la familiaridad de quien cree estar en la sala de su casa, como si los micrófonos fueran un simple adorno y no una caja de resonancia nacional.

Lo que sigue es un extracto de ese diálogo —prácticamente sin edición— sobre el estado de la democracia en el Ecuador. Un intercambio que, leído con cuidado, revela más por lo que esquiva que por lo que enuncia.

BOSCÁN: Han allanado al alcalde de Cuenca. ¿Opiniones? Piensa bien tu opinión porque ya hay un opositor crítico (Aquiles Álvarez) con el gobierno que terminó rapado en (la cárcel) El Encuentro.

VIVANCO: Claroff, sí da miedo que seamos tres.

BOSCÁN: Piensa, piensa bien tu opinión. No quiero asustarte mi querido amigo, pero…

VIVANCO: Piensa, piensa, piensa… O sea, no me gusta, para ser sincero una política de Estado basada en la judicialización de la política… Siempre defenderé que la política sea un espacio de lucha de ideas o proyectos, no de quien logra judicializar más los procesos políticos. No me gusta. El rato que pasamos a esta política cien por ciento judicializada, por eso se me quitaron las ganas de ser alcalde de Quito…

BOSCÁN: ¿Hoy es más importante tener votos o tener la Fiscalía?

VIVANCO: La Fiscalía.

BOSCÁN: Cuando le dicen a Noboa “es una dictadura”, ¿te parece una exageración o te parece una afirmación válida?

VIVANCO: Lo que pasa es que los conceptos de dictadura moderna todavía no están definidos… No estamos en el capítulo más democrático de la historia del Ecuador.

BOSCÁN: ¿Alguna vez llamaste dictador a Correa?

VIVANCO: Seguramente.

BOSCÁN: ¿Por qué sí llamaste dictador a Correa y no a Noboa?

VIVANCO: Porque en ese tiempo era más joven y utilizaba los términos de manera más alegre, pero dictador es dictador. Creo que existen enormes deficiencias democráticas.

BOSCÁN: Déjame reformular. ¿Hoy te parece que Correa fue un dictador?

VIVANCO: Hoy me parece que no.

BOSCÁN: ¿Te parece que Correa y Noboa fueron o son demócratas?

VIVANCO: No le puedo decir dictador a Noboa porque perdió una consulta y aceptó el resultado. Pero si tu regresas a ver todas las instituciones del Estado, no veo contrapeso alguno.

BOSCÁN: La Corte Constitucional es un contrapeso, ¿o no?

VIVANCO: Ya, uno…

BOSCÁN: El único.

VIVANCO: Ajá, entonces ¿es eso un sistema democrático? No lo sé, porque no soy un sociólogo, académico o politólogo, pero no veo otros contrapesos. En la Asamblea hay otro bloque (Revolución Ciudadana) pero ya le quitaron el partido, entonces la idea de la democracia es competir, si no tienes con quien competir ya se vuelve un poco Francisco Egas en la Federación Ecuatoriana de Fútbol.

BOSCÁN: ¿Crees que Zamora va a terminar en El Encuentro?

VIVANCO: Espero que no… pero no lo sé. Si es que viene y me pregunta hoy día le diría que no estoy seguro.

BOSCÁN: Tu le dirías “amigo tengo una agencia de viajes, que está ofreciendo…”

VIVANCO: Además, es un alcalde que sí tiene su respaldo en la ciudad, pero sin lugar a dudas hay un temor generalizado en la política ecuatoriana.

BOSCÁN: Están cagados de miedo en el Ecuador. Yo hablo con la oposición todos los días y con el gobierno, porque es mi trabajo, y están cagados de miedo todos. Quieren que los periodistas digamos lo que los políticos no se atreven.

VIVANCO: No son los tiempos mas democráticos…

Lo verdaderamente fascinante de este diálogo no reside tanto en lo que se dice, como en la exquisita coreografía del rodeo. Todo está ahí, servido sobre la mesa: miedo, concentración de poder, judicialización de la política, ausencia de contrapesos. Todo. Absolutamente todo. Salvo la palabra que nadie se atreve a pronunciar.

Desde la ciencia política, la noción de dictadura dejó hace mucho de exigir tanques en las avenidas, botas militares golpeando adoquines o juntas castrenses con lentes oscuros. Las autocracias contemporáneas —los “autoritarismos competitivos”, en la ya clásica tipología de Levitsky y Way— operan con modales institucionales y formas administrativas impecables: captura de la justicia, neutralización del legislativo, persecución selectiva de opositores y utilización estratégica del aparato estatal para asfixiar la competencia política.

Lo de Alexandra Villacís encaja en ese paisaje con una obscenidad casi pedagógica. El Ministerio del Trabajo levantó la prohibición que pesaba sobre ella solo después de que renunció a la vocalía suplente del Consejo de la Judicatura, seis días después de su salida y tres semanas después de una sentencia que ordenaba retirar ese impedimento “de inmediato”. Dicho sin anestesia: la inhabilitación fue útil mientras servía para impedir su posesión; una vez fuera del tablero, el obstáculo desapareció como por arte de magia. Ya ni siquiera se esfuerzan en guardar las formas. La secuencia deja al desnudo la articulación de varias instituciones —Ministerio del Trabajo, Judicatura, Corte Nacional, CPCCS— moviéndose con una sincronía demasiado perfecta como para pasar por casualidad. La maquinaria ejecuta sin ningún disimulo.

¿Alguien duda, acaso, de quién será el próximo Fiscal General del Estado? ¿De verdad pretenden que creamos en la pureza virginal de un concurso cuando el nombre de José de la Gasca circula con la naturalidad de lo previamente resuelto? El propio coordinador de la veeduría ciudadana, Guido Egas, lo verbalizó con una claridad que solo exige sentido común: el “apadrinado del Gobierno”. Basta revisar la trayectoria reciente de De la Gasca, íntimamente ligada a los más altos cargos del gobierno de Noboa, para entender que aquí no se está administrando una competencia, sino escenificando una designación con libreto previo. La misma lógica asoma en la grosera aceleración del calendario electoral por parte del CNE, vendida bajo excusas climáticas y leída por cualquiera con dos dedos de frente como una maniobra para torpedear la capacidad organizativa de fuerzas políticas ya asediadas y debilitadas por una persecución que funciona como proscripción velada. La pregunta ya no es si nos creen ingenuos; la pregunta es cuánto desprecio sienten por la inteligencia pública.

En definitiva, cuando la Fiscalía termina pesando más que las urnas, cuando la oposición hace política bajo amenaza, cuando a los medios se los empuja a la obediencia —por pauta, por presión o por miedo—, cuando los contrapesos institucionales quedan reducidos a una pieza solitaria, frágil y exhausta, y cuando el temor deja de ser un episodio aislado para instalarse como clima de época, ya no estamos frente a una discusión de palabras. No es un problema de etiquetas ni de semántica, es una deformación estructural del sistema.El viejo Jürgen Habermas, fallecido recientemente a los 96 años, probablemente diría que cuando el miedo sustituye al argumento y el poder usurpa el lugar del debate público, la democracia empieza a pudrirse desde dentro.

Nombrarlo cuesta. Muchísimo.

Porque a veces lo más difícil no es ver la realidad.

Es decirla sin rodeos, sin eufemismos y sin ese temblor de voz con el que algunos pronuncian las verdades cuando ya llegan demasiado tarde.

Y aun así, la prueba sigue siendo brutalmente sencilla:

si persigue opositores, si amordaza el disenso, si vacía los contrapesos y si gobierna sembrando miedo, no estamos ante un “déficit democrático”, ni frente a una “zona gris”, ni ante una categoría pendiente de tesis doctoral.

Estamos ante una DICTADURA, con todas sus letras.

O, para decirlo sin tanta vuelta y con la sabiduría elemental que a veces le gana por goleada a la ciencia política:

“si ladra como perro, camina como perro y muerde como perro, entonces es perro”.

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