En Orellana, Alta Florencia, una comunidad kichwa brinda la oportunidad de vivir una experiencia incomparable en medio de la selva, la comida tradicional y los conocimientos ancestrales que han sido reconocidos a nivel global.
Este recorrido comienza con el amanecer, cuando una luz tenue ilumina el río Napo.
En Orellana, en el cantón Aguarico, Alta Florencia, 200 personas de la comunidad kichwa abren las puertas de su territorio para compartir cómo es vivir la experiencia Sacha Ñambi.
El visitante no viene a observar, sino a compartir. Pasea por caminos donde florecen plantas silvestres, escucha a las aves chachalacas y continúa hasta un ceibo que tiene 400 años. No es solo un lugar turístico, sino una referencia viviente del tiempo que sostiene este sitio.
Después, el recorrido sigue por agua. La navegación por los ríos Yasuní y Aguarico, durante un periodo de dos horas, lleva hasta la laguna del río Braga. Desde arriba, se muestra a uno de sus habitantes más imponentes: una anaconda.
Después se presentan los sabores de la Amazonía. Tres chefs elaboran cremas de papaya, mermelada de carambola y maitos de tilapia, productos que se originan en la chacra.
“Y otros productos del arroz mismo, es de aquí, producido aquí. El 70% estamos ofreciendo de aquí”, explica Fernando Alvarado, Adm. Centro Comunitario Sacha Ñambi.
El día siguiente, el recorrido se extiende hasta Nuevo Rocafuerte. En este lugar, la tienda Sacha Maqui exhibe alrededor de 500 piezas elaboradas con fibras y semillas de pita y chambira, como aretes, collares y pulseras.
La jornada concluye cerca del río: hay una fogata en la que se asa piraña sobre las brasas y chicha de yuca para acompañar. Mientras un chamán lleva a cabo limpias con ayahuasca y tabaco, suena música kichwa.
No es un espectáculo; es convivencia. La Organización Mundial del Turismo distinguió a Sacha Ñambi en 2022 como una de las aldeas turísticas más destacadas del mundo. Este reconocimiento se respira en cada recorrido aquí.
