Por: Roberto Marchán Brito
Hace poco más de cinco meses, el mundo era escéptico en suponer que la mayor superpotencia mundial, con un presupuesto militar estimado en 895.000 millones de dólares anuales (sin considerar otros gastos de seguridad como los programas nucleares y de inteligencia), y donde hace poco el Secretario de “Guerra” ha pedido al Congreso la aprobación de un presupuesto de un billón y medio de dólares (1.500.000 millones) para el próximo año 2027, vaya a tener problemas en enfrentarse militarmente contra la República Islámica de Irán cuyo presupuesto militar no llega a los 24.000 millones de dólares según cifras del SIPRI (Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo). Sin embargo, el resultado de la guerra, no provocada, que enfrentó a la coalición de Estados Unidos con Israel en contra de la República Islámica de Irán, ha dado como resultado que la mayor potencia mundial del planeta no haya logrado doblegar militarmente a un poder muchísimo menor; y al contrario, haya sufrido una terrible derrota estratégica, independientemente de la retórica triunfalista que trata de convencer a una, cada vez más escéptica población de Estados Unidos; derrota que muy probablemente tendrá enormes repercusiones mundiales, tanto en el plano militar como en la estructura política del mundo en su conjunto.
Cómo es posible que toda esa potencia militar, cuya capacidad se fundamenta en la proyección de su poder tanto por vía marítima en base a grandes, pesados y costosos portaaviones nucleares que transportan capacidades aéreas que son muy superiores a muchas Fuerzas Aéreas de varios países del mundo; que además, cuenta con numerosos navíos de combate de escolta y también con el despliegue de su poder aéreo independiente, para lo cual ha desarrollado un entramado de bases militares en los cinco continentes, y con todo ese poder no pueda someter a un país con capacidades marítimas y aéreas muy inferiores. Sin embargo, la realidad nos muestra que todo ese poder ha sido inútil para doblegar a un actor regional importante pero que, sobre el papel, tenía poco que hacer ante el despliegue militar de Estados Unidos. Parte de la respuesta a esa pregunta es que la guerra convencional y la forma de hacer esta guerra han cambiado radicalmente, en especial en el último lustro, desde que estalló la guerra entre Ucrania y Rusia.
En aquella guerra hemos visto en poco tiempo que las grandes formaciones acorazadas, típicas de la guerra terrestre tradicional y dominantes en el campo de batalla desde la Segunda Guerra Mundial, poco puede resistir ante el enorme despliegue de drones armados aéreos y terrestres, enjambres de drones y misiles cada vez más efectivos y de bajo costo. Un tanque de guerra cuyo costo ronda entre 20 a 25 millones de dólares por unidad, es susceptible a ser destruido o inhabilitado por un dron cuyo costo puede ser tan bajo como mil o mil quinientos dólares. Hoy la guerra terrestre, es sobre todo un juego de detección, persecución y destrucción, que determina que lo fundamental ya no es el despliegue de fuerza, sino las maneras de evitar la detección y de inhabilitar a los drones, para lo cual es más importante, la guerra electrónica y la capacidad de desplegarse sin ser detectado que expandir grandes formaciones acorazadas, capaces de destruir todo a su paso, como era en el pasado.
Si la guerra entre Ucrania (OTAN) y Rusia, nos ha expuesto esta nueva realidad de la guerra convencional, la desatada por el eje Estados Unidos-Israel en contra de la República Islámica de Irán, nos muestra también que la guerra basada en el enorme despliegue de fuerza y capacidades, puede ser poco efectivo ante una fuerza mucho menor, pero con una estrategia apropiada y las capacidades adecuadas implementadas para ponerla en ejecución. Nos ha demostrado que los grandes portaaviones en los que se fundamenta la proyección militar de Estados Unidos son muy vulnerables a los sistemas de armas modernos y de bajo costo que ha desarrollado y posee Irán.
Los iraníes nunca desarrollaron capacidades para enfrentar una batalla naval tradicional con el gran despliegue de buques en contra de Estados Unidos, tampoco crearon una capacidad aérea para asegurar el control del espacio aéreo basada en la disputa del aire con aviones, como nos dice la doctrina tradicional sobre la disputa del control del mar y del control del espacio aéreo. Basaron su defensa en el desarrollo de armas de gran precisión y de bajo costo, sobre todo misiles y drones, esta es una brillante estrategia de guerra asimétrica, donde se entendió con claridad que para enfrentar un poder infinitamente superior, no era necesario contar con capacidades similares, sino desarrollar las que podían afectar a las vulnerabilidades de grandes plataformas navales de Estados Unidos, basadas en pesados portaaviones y grandes destructores que son blancos fáciles para misiles y drones, sobre todo si tienes la facilidad de saturar sus defensas; así como, destruir las bases de la zona para negarle la capacidad de desplegar sus herramientas aéreas.
Por otra parte, en el plano político, esta guerra y su aparente desenlace, está aún por verse , qué termina este inicio de negociaciones, nos está demostrando que aunque muchos en Estados Unidos y Occidente en general, se niegan a aceptar que ya no vivimos en un mundo unipolar, con una única superpotencia, sino que ya vivimos en un mundo multipolar con tres grandes potencias, Rusia, China y los mismos Estados Unidos, algo que el nivel de arrogancia de los estadounidenses les hace difícil de aceptar. Un mundo donde se está configurando un nuevo orden mundial, la pregunta que debemos hacernos es cuáles serán las características de este nuevo orden que se está configurando más rápidamente de lo que podíamos prever hace tan solo unos pocos meses.
El orden que vivíamos desde la caída de la URSS, se basaba en la fortaleza y superioridad militar indiscutible de Estados Unidos y la hegemonía del dólar en el comercio mundial, en especial en el del petróleo y las energías y como moneda de reserva mundial. Un orden donde Estados Unidos hace y deshace las reglas en función de sus intereses individuales; es decir, un orden hegemónico. El nuevo orden que se va construyendo debería tener otras características, si es que no queremos caer nuevamente en un orden hegemónico solo con otro actor preponderante, el nuevo orden debe ser un orden basado en la paz y el equilibrio, donde la seguridad sea provista de manera colectiva entre los actores regionales y mundiales. Con normas basadas en un entramado legal supranacional, léase las Naciones Unidas reconstruidas, que Estados Unidos ayudaron a construir y que ellos mismos lo han dinamitado con sus pretensiones de mantener a toda costa su hegemonía imperial.
El último punto en el acuerdo de entendimiento entre Estados Unidos e Irán (Acuerdo de Islamabad), que busca dar paso a una negociación entre estos dos países, para acabar con la guerra en Asia Occidental, establece que el acuerdo definitivo deberá ser respaldado mediante una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, esto constituye una esperanza de que se pueda reconstruir la legalidad internacional basada en la ONU, ya que significa que también China y Rusia, los otros dos grandes poderes de este nuevo orden mundial, respaldarán el acuerdo que se construya, dejando claro que no habrá injerencia en los asuntos internos de otros países. Si este esfuerzo llega a buen término, se podría pensar en que es posible construir un nuevo orden ya no basado en la hegemonía y arbitrariedad de un único actor, sino en la cooperación y el respeto. Sin embargo, para que ello ocurra habrá que superar los siglos de arrogancia y de prepotencia que han caracterizado al llamado “mundo occidental” y su permanente actitud de mirar por encima del hombro a otras formas de pensar desarrolladas en los respectivos marcos culturales que existen en nuestro planeta.
No soy muy optimista de que logremos un mundo de orden, respeto y paz, más si el mundo occidental está invadido de pensamientos individualistas radicales que sostienen que cada quién se salva a sí mismo, sin considerar que la historia nos dice que solo con nuestra capacidad de cooperación y de entendimiento mutuo es que hemos llegado a construir todo lo que la humanidad ha logrado.
Ojalá seamos capaces de volver a mirar a la comunidad, sin perder la individualidad, pero con el respeto y la conciencia de que solo nos salvaremos a nosotros mismos y a nuestro mundo si somos capaces de pensar en comunidad y de cooperar con respeto mutuo. Si esto no ocurre, nos enfrentaremos a un mundo cada vez más peligroso con numerosos países buscando hacerse de armas nucleares con la idea de que es la única manera de mantener su seguridad y por tanto su soberanía ante otros poderes superiores, como lo que ocurre actualmente con Corea del Norte. Un mundo así, siempre será mucho más peligroso y nos acercará irremediablemente a una conflagración nuclear mundial que garantizaría nuestra propia destrucción.
