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El péndulo y la resaca

by Ecuador En Directo

Por: Abraham Verduga

Todo indica que Colombia podría sumarse pronto al club. Si Abelardo de la Espriella termina llegando a la Casa de Nariño, el ciclo abierto por Gustavo Petro habrá llegado a su fin y América Latina tendrá una nueva postal de época: una derecha que se presenta como insurgente mientras administra el poder económico más tradicional.

La escena ya nos resulta familiar.

Milei transformando el resentimiento en espectáculo y la motosierra en fetiche político. Noboa administrando Ecuador con la profundidad intelectual de una campaña publicitaria, encadenando golpes de efecto mientras el país se desangra entre el deterioro institucional. Kast ofreciendo orden como quien vende un seguro contra el miedo. El virtual regreso del fujimorismo en Perú apelando a la nostalgia de una estabilidad edificada sobre el autoritarismo, la corrupción sistémica y la domesticación de las instituciones democráticas.

La región parece haberse llenado de líderes que hablan como rebeldes y gobiernan como CEOs. Cada uno tiene sus acentos, sus manías y sus símbolos de campaña, pero todos forman parte de una misma familia política transnacional: una derecha cada vez más uniforme, más obsesionada con importar consignas que con interpretar a sus propias sociedades, más inclinada a mirar hacia Mar-a-Lago que hacia América Latina. Una suerte de minions tropicales de Trump, sin demasiada identidad nacional, sin vocación latinoamericanista y convencidos de que repetir un libreto ajeno constituye una visión de futuro.

Hay algo fascinante en ese fenómeno.

Durante décadas, la izquierda monopolizó el lenguaje de la transformación. Hoy son los populismos de derecha quienes aparecen envueltos en una retórica de ruptura. Prometen dinamitar privilegios, acabar con las castas, destruir burocracias, enfrentar élites. Luego llegan al gobierno y descubrimos que las castas siguen allí, las élites siguen allí y los privilegios gozan de excelente salud. La burocracia, lejos de ser demolida, acaba convertida en botín. Los cargos se distribuyen entre leales, financiadores y aduladores, como si el combate contra el clientelismo hubiera consistido únicamente en cambiar la lista de beneficiarios.

Lo curioso es que la decepción tarda en llegar.

Quizá porque, como observa Slavoj Žižek, vivimos un tiempo extraño en el que las palabras han perdido gravedad. En una entrevista reciente decía que “las palabras ya no se toman en serio”. La política se ha convertido en una fábrica de gestos, símbolos y emociones instantáneas. La coherencia pesa menos que la performance. El relato importa más que la realidad. El algoritmo suele llegar antes que los hechos.

Y, sin embargo, los hechos siempre terminan llegando.

Llegan cuando la inflación sigue golpeando. Cuando la inseguridad no desaparece. Cuando el empleo prometido no aparece. Cuando la vida cotidiana empieza a discutir con la propaganda.

Es ahí donde las sociedades entran en lo que Álvaro García Linera llama un momento liminar. Una especie de crepúsculo histórico. El viejo orden ya no convence, pero el nuevo todavía no encuentra forma. Son épocas confusas. Épocas de ansiedad colectiva. Épocas donde proliferan los mesías, los influencers políticos y los vendedores de soluciones mágicas.

América Latina atraviesa uno de esos momentos.

Por eso sería un error leer esta ola conservadora como una estación definitiva. También sería ingenuo imaginar que basta con esperar su desgaste. La historia nunca concede victorias por inercia.

La cuestión de fondo pasa por otro lugar: la disputa del sentido común.

Durante años, una parte de la izquierda concentró su energía en ganar elecciones mientras sus adversarios seguían ocupando las trincheras culturales. Las sobremesas familiares. Los programas de televisión. Las redes sociales. Los imaginarios del éxito. Las aspiraciones de las clases medias. El lenguaje mismo con el que millones de personas interpretan el mundo.

La política comienza mucho antes de depositar una papeleta en una urna. Comienza cuando alguien consigue que una sociedad considere natural aquello que hace apenas unos años habría parecido absurdo. Comienza cuando ciertos intereses particulares logran disfrazarse de sentido común.

Y ahí las nuevas derechas han demostrado una habilidad notable.

La buena noticia para el campo progresista es que las hegemonías tampoco son eternas. Se desgastan. Se agrietan. Pierden encanto. La realidad tiene la costumbre de presentar facturas.

Cuando llegue ese momento —y llegará— la región volverá a mirar hacia alternativas transformadoras.

Sería una tragedia encontrar entonces a una izquierda nostálgica, atrapada en debates del siglo pasado o empeñada en administrar cuidadosamente los límites impuestos por sus adversarios.

La próxima ola progresista tendrá que parecerse más a su tiempo. Más audaz. Más tecnológica. Más irreverente. Más capaz de emocionar. Más dispuesta a disputar poder económico, mediático y cultural sin pedir disculpas por hacerlo.

Žižek acaba de reclamar una izquierda que se atreva a decir su nombre. Quizá en América Latina necesitemos algo parecido: una izquierda que vuelva a creer en sí misma.

Porque los péndulos regresan.

Lo que nunca está garantizado es que alguien se encuentre preparado para recibirlos.

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