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Más masa, menos pueblo

by Ecuador En Directo

Por: César Poveda

Mientras enciendo el monitor de mi computadora, este país amazónico –desde siempre y hasta siempre-, sigue derrumbándose por donde lo miremos, pero apuntemos a lo más importante: al hambre de la gente.

Tan sólo en los dos primeros años de este nuevo país, la pobreza multidimensional ha crecido indiscriminadamente. Y antes de ser víctima del ataque virulento de trolls y de antizurdos, me permitiré aclarar qué es la pobreza multidimensional: es el análisis integral de carencias que atraviesan a una población determinada, donde se incluyen, además de los ingresos económicos por familia, aspectos como desescolarización, hacinamiento, acceso a servicios básicos, acceso a salud, entre otros.

Por ejemplo, datos del INEC, muestran que la pobreza multidimensional urbana del Ecuador, pasó de 23% en diciembre de 2023 a 29,9% en diciembre de 2025, y en la ruralidad, subió de 67,9% en diciembre de 2023 a 71,25% en 2024, y luego descendió levemente a 66,9 en diciembre de 2025. A escala nacional, la pobreza multidimensional aumentó de 37,3% en diciembre de 2023 a 41,7 en diciembre de 2025, con una evidente tendencia al alza.

Pero no sólo es este índice lo que pulula y preocupa, en este nuevo Ecuador. Es también la desidia, y ese quemeimportismo que se nos ha hecho tan cotidiano, tan normal. Es esta nueva faceta que tenemos como ciudadanos, donde ya no nos sorprendemos por nada, ni siquiera porque somos cada vez más invisibilizados.

Lejos de ser demandantes de nuestros derechos, nos mimetizamos con el silencio, o quizá con el ruido ensordecedor de tanto escándalo emanado por un Estado, que sólo nos observa como el obligado, como el compelido, como el pagador de impuestos, como el de abajo, como la última rueda del coche, pero eso sí: siempre en silencio, ya que, caso contrario, siempre podría haber algún brazo estatal presto a castigar.

A la larga, en este Ecuador, tampoco genera sorpresa esta incapacidad de reacción.

Nadie se inmutó cuando se legalizó (por varias semanas) la intercepción de nuestras llamadas sin orden judicial, o cuando pagamos doscientos millones de dólares a las compañías Progen y ATM para que nos dé chatarra a cambio, o cuando una vicepresidenta de la república fue removida por una vulgar resolución ministerial.

Tenemos todos los motivos del mundo para dinamitar la realidad sociopolítica del país, pero ¿por qué esta vez sería distinto? ¿por qué esta vez sí debería de importarnos?

Quién soy yo para dar estas respuestas, si ya existen mucho antes de que yo siquiera nazca, y las dio un pastor alemán de apellido Niemöller, para describir justamente esa incapacidad para poder empatizar respecto del dolor y sufrimiento ajeno.

En este nuevo país, se despidieron a cinco mil funcionarios públicos, porque eso acordaron con el Fondo Monetario Internacional, y aún no nos inmutamos, y tampoco nos asqueamos, aunque tengamos que saborear un exquisito retrogusto de esa Latinoamérica de los noventa, donde Ecuador tenía tres presidentes en un solo día, o cuando un superintendente de bancos declaraba un feriado bancario.

Hoy quisiera que nos preguntemos, ¿cómo nos hemos permitido ser esa masa oscilante entre la decepción y la nada, incapaz de siquiera pestañear ante tantas aberraciones? ¿cómo en un país de movilización indígena constante, se criminalizó la protesta social? ¿en qué instante exactamente dejamos de aspirar colectivamente a un mejor país?

Encuentro múltiples contestaciones; que no abordarán la fácil y siempre bien ponderada crítica fatal a nuestra clase política. Es que no deberíamos criticarlos tan superfluamente porque ellos son nuestro reflejo como sociedad. Ellos nacen de esta colectividad, y ocupan los cargos que nosotros les hemos confiado, y cuando llegan, desgarran a este país, casi con la misma apatía con la que nosotros los espectamos.

Quisiera ir un poco más allá de lo evidente. Para ello debo de comenzar a cuestionar ¿dónde exactamente comenzamos a avergonzarnos de ser lo que somos (trabajadores, asalariados, proletarios, obreros)? ¿desde cuándo se idealizó la forma de vida de las imperantes minorías del mundo, y, por el contrario, se disminuyó a lo execrable el estilo de vida de la gran mayoría?

¿Por qué? ¿por qué se incrustó en el imaginario social la vergüenza de no pertenecer a una élite económica determinada? Y aunque suene soberbio, creo haber encontrado la exégesis apropiada para este problema: es parte de un movimiento mundial que busca justamente generar espacios de despersonificación política y separatismo social, que derive abiertamente en la involución progresiva de los derechos adquiridos.

Permítame ser un poco más claro: la derecha, especialmente la fascista, ha buscado establecer una supuesta premisa mayor en el mundo: “ya no existen las ideologías”. A partir de esta “máxima”, donde ya no existirían intereses a defender por las clases -económicas-, todo se relativiza, porque ya no existe una postura atrincherada de un grupo determinado, en una constante defensa de lo propio, y de lo ya conquistado.

Es por ello que podemos indignarnos por todo lo que ocurre en este nuevo Ecuador, pero nos hemos vuelto incapaces de volcar esa indignación a la organización, y es por ello que esa organización colectiva inexistente, no puede traducirse a la defensa de derechos, mucho menos a la búsqueda de nuevos triunfos, para los que Galeano denomina “los nadie”.

Y por esta suerte, tenemos que escuchar la desfachatez de una exministra de Estado, usar la vieja confiable del “correísmo como culpable de todos los males habidos y por haber”, para excusar su inoperancia, su indolencia, su incapacidad, y el manejo repulsivo con el que supo conducirse en su calidad de cabeza de una cartera estatal, para permitir la fiesta de casi doscientos millones de dólares, para comprar basura.

Es lo que este nuevo Ecuador quiere justamente: que no nos organicemos, nunca. Que la izquierda, en todas sus aristas, se dinamite y se subdivida, que nos canibalicemos una vez más. Que perdamos nuestra mayor virtud: la capacidad de trasladar las necesidades de la gente a victorias sociales. Que seamos cada vez más masa, y menos pueblo.

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