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Después de la Tri, ¿qué nos queda?

by Ecuador En Directo

Notas sobre la fragilidad de nuestra identidad colectiva

Por: Abraham Verduga

La eliminación de La Tri dejó un país triste.

No únicamente por el fútbol. Durante unos días, Ecuador volvió a parecer una comunidad. La misma camiseta, el mismo grito, la misma ilusión. En un país atravesado por la violencia, el miedo y el desencanto, once futbolistas consiguieron algo que casi nadie más consigue: hacernos sentir parte de un mismo relato.

Eso debería inquietarnos.

Argentina vive estos días una expectativa parecida alrededor de la selección de Messi. También deposita en el fútbol una parte de sus anhelos colectivos. La diferencia es que, si mañana quedara eliminada, seguiría conservando un patrimonio simbólico extraordinario. Su identidad nacional no depende únicamente de una pelota. Tiene otros refugios. Otros altares. Otros lugares donde reconocerse.

Pensé en eso al recordar la despedida del Indio Solari, hace apenas unas semanas.

Las imágenes eran sobrecogedoras. Miles de personas en las calles. Gente cantando, llorando, abrazándose. Ancianos, jóvenes y niños coreando canciones que hace mucho dejaron de ser canciones para convertirse en una forma de pertenecer. Trabajadores hablando del Indio como quien habla de un hermano mayor. Personas sencillas elaborando ideas sobre el amor, la libertad o la justicia a partir de sus letras. No se despedía únicamente a un músico. Se despedía a alguien que había ayudado a un pueblo a nombrarse a sí mismo.

Eso es un ídolo popular.

No alguien famoso.

Alguien que entrega un lenguaje común.

El llamado fenómeno ricotero nunca fue únicamente un fenómeno musical. Fue una comunidad afectiva. Una conversación nacional. Una forma de reconocerse entre desconocidos. Ahí reside la diferencia entre una celebridad y un ídolo popular. La celebridad acumula atención; el ídolo popular construye pertenencia.

Argentina ha sabido producir esas figuras. Maradona. Evita. Francisco. El Indio. Personajes imperfectos, contradictorios y profundamente humanos. Mejor así. Los pueblos no se enamoran de las estatuas; se reconocen en quienes consiguen expresar algo verdadero sobre ellos mismos.

Entonces la comparación con Ecuador resulta inevitable.

Más allá del fútbol, ¿qué símbolos nos reúnen?

¿Qué canciones cantamos todos?

¿Qué referentes atraviesan las clases sociales, las generaciones y las regiones?

¿Qué figuras nos ayudan a responder la pregunta más difícil de cualquier comunidad: quiénes somos?

Cuesta encontrar respuestas.

Ecuador atraviesa una silenciosa orfandad cultural. Nos faltan esos grandes relatos capaces de convertir una suma de individuos en un pueblo. Nos faltan mitos compartidos, ídolos populares, cantores de epopeyas, filósofos callejeros. Nos faltan referentes que hagan del “yo” un “nosotros”.

Y ese vacío nunca permanece vacío.

En sociedades donde la comunidad pierde fuerza, el individualismo deja de ser una opción para convertirse en sentido común. La promesa del éxito personal termina sustituyendo cualquier horizonte compartido. La competencia desplaza a la solidaridad. El “sálvese quien pueda” acaba pareciendo más realista que cualquier proyecto colectivo. No es casual que ese imaginario encuentre hoy tanta resonancia en el Ecuador.

Las naciones no se construyen únicamente con carreteras, crecimiento económico o estabilidad institucional. También necesitan símbolos. Necesitan relatos. Necesitan personas capaces de ofrecer las palabras con las que una sociedad termina nombrándose a sí misma. La cultura no es un lujo. Es una infraestructura invisible. Sin ella hay Estado, quizá, pero difícilmente hay pueblo.

La eliminación de La Tri nos devolvió de golpe a la realidad. Se apagó la euforia y reapareció el país de siempre: el de la desconfianza, la fragmentación, la ley de la selva y el sálvese quien pueda. Quizá la derrota más dolorosa no haya sido quedarse fuera del Mundial. Quizá la verdadera derrota consista en descubrir que seguimos dependiendo de un equipo de fútbol para recordar, durante apenas noventa minutos, que todavía somos capaces de sentirnos parte de algo común.

La construcción de ese sujeto colectivo sigue siendo, probablemente, la tarea pendiente más importante del Ecuador.

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