Por: Abraham Verduga
La muerte de Jürgen Habermas marca el final de una era intelectual. Durante más de medio siglo fue algo cada vez más raro: un filósofo que intervenía en la política real sin renunciar a la exigencia de pensarla con rigor. Tal vez por eso volver a Habermas, incluso desde América Latina y con todas las cautelas frente a los límites eurocéntricos de su obra, sigue siendo útil. No para repetirlo como catecismo, sino para rescatar una exigencia elemental. Una democracia digna de ese nombre necesita ciudadanos, no fans; debate público, no publicistas; conflicto argumentado, no hipnosis de mercado. Para Habermas, la legitimidad democrática depende de algo sencillo y exigente a la vez: que las decisiones públicas puedan justificarse racionalmente ante los ciudadanos.
Visto desde el Ecuador de hoy, ese principio suena casi subversivo.
Aquí también hay elecciones, instituciones y ceremonias republicanas que se activan periódicamente para sostener la apariencia de normalidad. Sin embargo, lo que se ha deteriorado es la calidad del debate público. Cada vez resulta más difícil que la sociedad discuta su destino sin quedar atrapada en el miedo, la persecución o el embrujo de la propaganda y el dinero.
Habermas dedicó buena parte de su obra a estudiar esa degradación. En su Teoría de la acción comunicativa distinguió entre el mundo de la vida —donde se producen cultura, vínculos y diálogo social— y el sistema, dominado por el dinero y el poder. Cuando la lógica del sistema invade los espacios donde una sociedad construye sentido, la comunicación pública se empobrece y la democracia empieza a vaciarse desde dentro.
Allí aparece una jodida paradoja. La democracia necesita ciudadanos capaces de deliberar racionalmente, pero el propio funcionamiento del capitalismo mediático produce individuos cada vez más acelerados, fragmentados y expuestos a la manipulación. El sistema necesita consumidores atentos a estímulos rápidos. La deliberación exige tiempo, distancia crítica y disposición a escuchar.
En el Ecuador contemporáneo ese desplazamiento se percibe con claridad. Cuando la política deja de ser un espacio para discutir el bien común y se convierte en una extensión del marketing, la ciudadanía empieza a comportarse más como audiencia que como sujeto político.
En ese escenario aparece Daniel Noboa. Noboa no representa únicamente un giro ideológico hacia la derecha. Representa la consolidación cultural de un modelo donde la figura del empresario exitoso se presenta como sustituto de la política. El liderazgo se mide por la estética del éxito, el lenguaje de la empresa y la promesa de eficiencia gerencial.
Esto ya no va solo de política. Va de sentido común, de aspiraciones y de cultura.
Una parte del país empieza a mirar el privilegio como prueba de mérito y el discurso empresarial como señal de inteligencia pública. En ese clima, la discusión sobre proyectos colectivos pierde espacio frente a una narrativa aspiracional que ha confundido el gobierno con una gestión corporativa.
Habermas habría reconocido ahí una forma contemporánea de alienación. No la del obrero separado de su trabajo, sino la del ciudadano que se relaciona con la política a través de la fascinación social. El voto deja de expresar conflicto o deliberación y pasa a reflejar identificación simbólica con el poder.
El resultado es una esfera pública cada vez más frágil. El algoritmo desplaza al argumento, la indignación sustituye al razonamiento y el espectáculo ocupa el lugar de la discusión.
Aun así, el propio Habermas desconfiaba del fatalismo. La esfera pública nunca desaparece del todo. Se deteriora, se distorsiona o se captura, pero reaparece allí donde una sociedad vuelve a discutir seriamente sobre sí misma.
Ecuador se parece cada vez más a ese presidente de cartón que la campaña de Noboa repartía como fetiche publicitario: una figura liviana, sonriente y diseñada para ser cargada, exhibida y fotografiada. Durante un tiempo muchos confundieron esa silueta con liderazgo. Hoy empieza a revelarse lo que siempre fue: una ilusión frágil, un monigote útil para el marketing pero incapaz de sostener por sí mismo el peso de la política. Y mientras el cartón se dobla, el país observa cómo decisiones cruciales empiezan a desplazarse hacia despachos y centros de poder ajenos. La instalación de una oficina del FBI en Quito no es solo un gesto técnico de cooperación en seguridad. Es también un síntoma de una deriva más profunda: soberanía que se delega, prioridades que se importan, debates que se trasladan a otras latitudes mientras los ecuatorianos quedamos cada vez más lejos de esa esfera donde se decide nuestro destino.
